El río no abandona su cauce
por temor a diluirse en la desembocadura
ni se amaina, ante la estrechez de una garganta,
que lo sobresalta y revuelve.
La raíz no deja de crecer,
a pesar de los canteros, transeúntes, perros meones y veredas.
Pese al rayo,
el árbol mutilado
arde en un hogar
asa
y ceniciento,
camina bajo las suelas,
coloniza las narices,
estornuda.
¡Y la luna!
Orbita
orbita
orbita.
Eleva sus mares oscuros
y sus montañas plateadas;
unas veces partida
y otras colmada.
La quietud es
de los cementerios,
de los museos,
de los que no saben adónde van
ni por qué.
Ceci Alexander
